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“El fantasma del rey Leopoldo” Adam Hochschild

Durante el siglo XIX, al tiempo que en muchos frentes se luchaba por la abolición de la esclavitud, muchos países europeos siguieron, de hecho, sirviéndose de ella en sus aventuras coloniales. El monarca de un pequeño reino, Bélgica, personaje maquiavélico y megalómano, se obsesionó con apoderarse de un trozo de África -el Congo- con una excusa humanitaria y misionera que albergaba la intención oculta (?) de un expolio sin límites para su único beneficio personal.

Leopoldo II puso en marcha una empresa enorme para la extracción de recursos naturales (marfil y caucho en un principio) recolectados por mano de obra autóctona en un régimen de trabajos forzados, coacción y tortura sistematizada. «Leopoldo fue una inmundicia humana; pero una inmundicia culta, inteligente y, desde luego, creativa.»

Una situación que se prolongó por varias décadas ominosas hasta que algunos personajes disidentes se atrevieron a denunciarlo ante la comunidad internacional, iniciando un proceso que fue el germen de posteriores movimientos humanitarios de alcance global y que derivó en la venta del territorio a Bélgica como colonia y, más tarde, en su independencia, gestionada también de forma desastrosa.

Un ensayo reivindicativo que se lee casi como una novela histórica, gracias al carisma de sus protagonistas y a la dureza del relato, y que ofrece abundancia de datos, citas y testimonios de lo que hoy es una crónica negra conocida y ejemplar de la explotación del hombre por el hombre: no lo llamamos genocidio porque no pretendían exterminarlos (aunque casi lo consiguen) sino esclavizarlos, dando la imagen ante la opinión internacional de que su afán era el de civilizarlos.

Hochschild hace estudio concienzudo y demoledor de unos hechos que han generado mucha literatura y que siguen despertando mucha indignación.

Para los fans de «El corazón de las tinieblas», este libro se comporta casi como su making-off.

Tras un inicio en el que hace un recorrido histórico por los siglos anteriores centrado en el comercio de esclavos de portugueses, árabes, españoles, nos pasa a relatar las primeras expediciones europeas por África, con las aventuras del famoso Stanley -pintado como un impostor y un bocazas rabioso- como avanzadilla de lo que estaba por llegar.

«Stanley se daba cuenta con gran perspicacia de que la ignorancia de sus lectores sobre África les haría sentirse tanto más fascinados por un sin número de detalles triviales.»

«La cosa más nimia basta para provocar en el un arrebato de cólera.’

«…resumía la personalidad de Stanley: por una parte, un titán de una fuerza inquebrantable y una seguridad que movía montañas, y por otra, el hijo ilegítimo y vulnerable de clase obrera que luchaba angustiosamente por obtener la aprobación de los poderosos.»

A continuación, se centra ya en la figura del avispado rey Leopoldo, que emprende una serie de astutas maniobras diplomáticas para acabar haciéndose con una colonia sesenta veces mayor que su propio territorio, sin haber estado allí nunca. Sin ensuciarse las manos.

«Leopoldo nunca fue allí. ¿Para que iba a ir? El Congo de la mente de Leopoldo no era el de los porteadores famélicos, las rehenes violadas, los escuálidos esclavos del caucho y las manos cortadas. Era el imperio de sus sueños, con árboles gigantescos, animales exóticos y habitantes agradecidos a su sabio gobierno.»

Contra los desmanes de Leopoldo y sus secuaces, presenta Hochschild a sus opositores: algunos misioneros, diplomáticos, periodistas y activistas, personajes heroicos que se jugaron los bigotes (y normalmente los perdieron) por denunciar una realidad intolerable. He de señalar que respecto a estos personajes toma el autor un enfoque crítico, nada complaciente, poniendo sobre la mesa sus contradicciones y miserias.

De entre ellos destacan George Washington Williams, otro buen estafador que, sin embargo, fue el primero en denunciar, horrorizado el fraude del Congo

(«Aunque tuvo un éxito considerable en cada una de las nuevas profesiones a las que se dedicó, raras veces permaneció en ellas.»),

E.D. Morel, combativo escritor y periodista

(«Aquellas cifras nos contaban una historia propia (…) Solo unos trabajos forzados continuos y aterradores podían explicar beneficios tan inauditos.»),

Roger Casement (“El sueño del celta”),

(«El verdugo dijo de él que había sido el hombre más valiente que ha tocado ejecutar a desgraciados como yo.»),

«Sin embargo, con un punto de inconsciente actitud autodestructiva, llevaba un meticuloso diario de sus citas, casi todas pagadas.»)

O el historiador, ya posterior a la época más cruenta, Jules Marchal

(«Aunque sus libros son prácticamente desconocidos en Bélgica, constituyen un estudio académico definitivo sobre el tema»).


Sobre Leopoldo y sus secuaces:

«Había encontrado, en esencia, un modo de atraer capital de otras personas hacia sus planes de inversión conservando la mitad de los beneficios.»

«Los monstruos existen (…) Pero son demasiado poco numerosos como para constituir un auténtico peligro. Más peligrosos son (…) los funcionarios dispuestos a creer y actuar sin hacer preguntas.»

«Al igual que muchos políticos sureños de la época, le aterraba el espectro de que millones de esclavos liberados y sus descendientes abrigaran amenazadores sueños de igualdad.»

Crueldades varias:

«Estás cadenas para bueyes se suelen clavar en los cuellos de los prisioneros y les producen llagas a las que acuden las moscas, que agravan la herida supurante.»

«Amputar manos, ¡vaya idiotez! ¡Les cortaría todo lo demás, pero no las manos, pues es lo único que necesito en el Congo!»

«En mi huida de aquel país vi esqueletos, esqueletos por todas partes; ¡Y en qué posturas! ¡Qué historias de horror narraban aquellos esqueletos!»

Frases que suscribiría Goia en su “Historia de la música subversiva”:

«Los colonizadores escribían los libros de texto en toda África»

«El Congo nos brinda un magnífico ejemplo de la política del olvido..»

«Al escribir la historia de los pueblos sin poder no basta, ni mucho menos, con apoyarse en las fuentes convencionales publicadas.»

«Aquel arte surgía de culturas que, entre otras cosas, tenían un sentimiento de las fronteras entre nuestro mundo y el más allá, así como de los límites entre el mundo humano y el mundo animal, menos rígido que el del Islam o el cristianismo.»


Malpaso Ediciones. Un 8.

Colonialismo/Histórico

Viernes, 23 de julio, 2021

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