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“Tienes que mirar» Starobinets, Anna

Es bien curioso que sea un placer leer sobre temas tan dolorosos, y “Tienes que mirar” es un claro ejemplo de esta paradoja. Starobinets, la autora y protagonista de este via crucis, se expresa con tal soltura, rabia y precisión que convierte en arte su desgraciada experiencia, hasta un punto en que disfrutamos con la enumeración de sus truculencias (supongo que la cosa cambia si has padecido alguna desdicha similar).

Un relato desgarrador y siniestro, surcado por un humor corrosivo, que va en una dirección diferente a muchos de los libros que he leído sobre el duelo.

(«El médico aprieta los labios con firmeza. Es como si tuviera en la boca una enorme baya amarga y se estuviera pensando si escupirla o no»;

«Las futuras mamis se distinguen de las mujeres que están simplemente embarazadas por su elevada sentimentalidad, su tendencia a comunicarse en lenguaje infantil y, a veces, por llevar monos rosas de premamá»).

La autora advierte de que este trabajo “no es literatura”, sino una crónica de su experiencia real como embarazada de un feto (o bebé: en esa cuestión radica gran parte del conflicto) sin posibilidad de sobrevivir -por sufrir graves malformaciones-, en un desalentador y algo kafkiano recorrido por consultas deshumanizadas y desesperantes centros médicos que la protagonista afronta contra viento y marea, ofuscada y tenaz

(«La Tejoncita y yo damos con ella al tercer intento: los dos primeros fracasan porque según nos acercamos al metro, se me hace cada vez más difícil respirar y no llegamos a ninguna parte. No obstante, a la tercera, mi cuerpo acepta amablemente trasladarse hasta la estación de Yugo-Západnaya»).

Starobinets se propone hacer sobre todo un ejercicio de denuncia del sistema de salud ruso, incapaz de asistirla en encontrar una solución digna a su problema por desidia burocrática e incomprensibles contradicciones ideológicas

(«Las cualidades morales del especialista son solo problema suyo y de su familia. Ahora bien, la ausencia de normas de comportamiento obligatorias en las instituciones médicas supone un problema del sistema»).

De hecho, me asombra la influencia de la religión en la manera en que las instituciones encaran la cuestión; pensaba que tenían ese tema más superado, en Rusia, y que su auténtico lastre era la deteriorada estructura funcionarial.

(«El Dios Superespecialista puede corregir los malos resultados de ecografías, curar anomalías cromosómicas y refutar diagnósticos»)

Como novela tiene un ritmo rápido y vigoroso, frases y capítulos cortos, diálogos dinámicos y tajantes, reflexiones iracundas de toda clase y una lograda exhibición de momentos tétricos:

(«Justo al lado de los inodoros, sobre un pedestal de azulejos, hay una bañera desconchada con una sucia cortina de plástico gris. Intento entender qué utilidad puede tener esta bañera para un paciente que viene a ver un psicólogo profesional, pero me falla la imaginación»

«Me siento como un personaje de una película o de una novela en la que un periodista llega un manicomio para escribir un reportaje y de repente resulta que es un paciente, que la puerta está cerrada con llave, el personaje lleva una camisa de fuerza y una enfermera le inyecta un sedante y le dice con ternura: «Pues claro que eres periodista, un periodista muy conocido, no te preocupes!»)

Libro duro, amargo y triste, auténtico e indignante, en el que la autora comparte con generosidad su experiencia funesta («La exhalación debe ser mucho más larga que la inhalación (…) para relajar los músculos, primero hay que tensarlos al máximo»). Su tragedia personal inspira una obra literaria honesta y bella.

Por señalar algo negativo, yo me hubiera cargado el capítulo 24 enterito.


«Llévese a cualquiera que la ayude a encontrar la salida. No la salida definitiva, simplemente la salida del edificio»

«Leo sobre abortos salinos y los bebés piruleta»

«¿Quieres perder a tu marido también? ¿Para qué necesita ver esa pesadilla? ¡Los hombres huyen después de una cosa así!»

«-¡¿De qué estás hablando?!- ladra la buena mujer, pero inmediatamente se ablanda. Todavía siente lástima por mí. Me mira como si estuviera loca. Como la delirante Ofelia, que entreteje margaritas en su cabello enmarañado, tarareando para sí, en lugar de correr al policlínico local con el formulario de reconocimiento»

«Nadie lo conoce. Nadie lo necesita. Nadie lo ha abrazado.»

«Alexander ejerce, desde mi perspectiva, no tanto el papel del psicólogo, sino el de un rabino sagaz que orienta con paradojas a un judío triste»


Impedimenta, muy en su línea. Un 8.5

Drama clínico.

La Floresta, jueves 18 de agosto, 2021

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