«Kentukis» Schweblin, Samanta

 Con un estilo fresco, vivo y dinámico, muy asequible, sin complicaciones ni lirismo alguno, pero equilibrado y preciso, esta autora a quien no conocía nos presenta a unas mascotas peculiares, hijas de nuestros tiempos: los kentukis, unos peluches con ruedas y una cámara en los ojos que pueden adquirirse legalmente por unos 300$. Lo curioso es que alternativamente, uno puede comprar, en vez de un kentuki, una conexión a uno de ellos, convirtiéndose uno así, en el «ser» del pequeño ingenio mecánico, y accediendo visual y auditivamente a las vidas de sus «amos», que tácitamente aceptan y desean ser de ese modo observados. Las reglas de funcionamiento que fabula la autora (no se puede elegir el kentuki al que accedes, ni el observador que ocupa tu kentuki; no se pueden quedar sin batería, ya que quedan inutilizados; son sólo para un uso por parte de un poseedor y un observador anónimos) hace que el relato se sostenga con coherencia e intríngulis («Los límites eran en realidad los fundamentos de estas relaciones»), y lleve al planteamiento de cuestiones candentes en torno a la tecnología, la intimidad y el derecho a ella, y eternas, en torno a la soledad, la frustración, las relaciones,…todo desde una perspectiva lúdica y algo perversa, huyendo de enseñanzas morales, pero con una cierta contención que hace que las cosas no se desmadren del todo: plantea cuestiones turbias sin remilgos, pero no se complace demasiado en lo morboso. Muestra bajezas muy comunes a los humanos, pero lo hace con sensatez, sin mucha maldad, y sin llegar al límite (quizá molaría). 

 Tiene la forma de numerosos relatos cortos, algunos de ellos con continuidad y otros muy breves, en los que nos muestra las diversas circunstancias, problemáticas y miserias a las que se enfrentan los variados «amos» o «seres» de los simpáticos kentukis (que pronto se convierten en un éxito global, comercial y mediático): Enzo, padre separado que trata de relacionarse con su topo, esquivo y siniestro («¿Realmente prefería arrastrarse por la casa como un topo en lugar de entablar algún tipo de amistad con él?»; «Estaba harto de seguir jugando al necesitado y al ofendido»); Alina, desencantada pareja de un artista moderno («la instalación de burkas transparentes») que pretende armar alguna preocupante perfomance con su kentuki; Emilia, señora solitaria que se encariña y preocupa por su joven y procaz ama alemana; Marvin, chico humilde de Guatemala encarnado en inquieto peluche dragón en Noruega; Grigor, que ve una oportunidad de negocio en vender la posibilidad de elegir en qué kentuki quieres encarnarte, lo que obviamente lo pone en compromisos éticos («A veces pensaba en su habitación como una ventana panóptica»)

 He leído alguna crítica muy dura contra su estilo, que dice que es reiterativo, redundante…bueno, quizá un poco, pero su gracia está en que es sencillo y desenfadado, ameno y espontáneo; y en que el argumento ofrece una historia verosímil y actual:  podría haber tomado una forma más desarrollada, profunda o sesuda, da para ello. Pero es así, y el formato de relatos cortos contribuye, casi obliga a ello.

 Como también he visto en alguna reseña, sería un capítulo perfecto para «Black Mirror» (aunque nunca tanto como el del cerdito!).

Random House. 7.8.

Distopía ligera.

Jueves, 5 de marzo, 2020.

Deja un comentario

Crea un blog o una web gratis con WordPress.com.

Subir ↑

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar