Conmovedor en su sencillez y en su emotividad, este triste relato es a la vez la crónica de la difícil vida de una mujer luchadora y abnegada atravesando la accidentada historia de la Europa del siglo XX, y la crónica de un amor sin esperanza. Con un estilo pulcro, elegante, accesible, sin ostentación, con detalles de lirismo tierno y sereno, y un hábil manejo del tiempo y de la perspectiva, nos cuenta una historia de amor generoso y sacrificado, «…que pone el amar por encima de la felicidad de ser amado». Un amor en un primer y breve momento puro e ideal, avivado por la distancia, que deviene en desesperado, unidireccional y malbaratado con el paso de los años. Uno de esos amores de novela que dan sentido a toda una vida, y al que su propia imposibilidad mantiene vivo e íntegro en su idealización, sin consumir y sin feedback.
El personaje de Olga está amorosamente descrito (“Olga tiene la barbilla dura, los pómulos marcados y la frente alta, un rostro recio, en el que la mirada se va deleitando cuanto más se entretiene en él.”) y nos muestra a un personaje femenino precursor e incómodo para la época (“Le gustaba que alguien pusiera a prueba las tradiciones”), inteligente, progresista, comprometida y voluntariosa, que, sin embargo, malgasta en cierto modo su vida a la sombra de su amor imposible y bajo el peso de un pasado prometedor truncado.
Es muy interesante también el contexto histórico, que atraviesa (un poco por encima) las dos guerras mundiales, poniendo el énfasis en el papel de Alemania (…la perdición había empezado con Bismark”) y dando voz a opiniones de la época que hoy nos dejan perplejos: “Su raza se encuentra todavía en el escalón más bajo, privada de nuestras principales y mejores virtudes, el empeño, la gratitud, la compasión y cualquier tipo de ideal.”
Olga pronto se queda huérfana de padres y se traslada a vivir con su poco empática abuela en Pomerania, al norte de Polonia. Allí conocerá a Herbert, un chico soñador de clase social superior, con el que iniciará una duradera amistad y que se irá convirtiendo en el amor de su vida, lo que los enfrentará a la rígida sociedad de la época. Pasado un tiempo de amor primaveral y clandestino, Herbert, cuya insaciable añoranza por la inmensidad lleva a emprender proyectos y aventuras con iluso candor (“Quería perderse en la distancia. Pero la distancia no es nada”), se embarcará en peligroso viaje al norte de Noruega con la idea de estudiar y cartografiar esas tierras remotas y vírgenes. Olga, a quien el enfrentamiento con la familia de Herbert y los conflictos bélicos y políticos obligan a un incesante periplo geográfico, luchará duramente para estudiar y poder conseguir un puesto como maestra, mientras espera resignada y paciente el cada vez menos probable regreso de su amado (“…como si el Ártico fuera una broma pesada”). Esto es lo que ocurre en la primera parte. En la segunda, nos encontramos con una Olga ya viejita y desencantada que cose para una familia acomodada en lo que parece ser la zona Oeste de Alemania (juraría que es Heidelberg, aunque no lo dice), años 50. Allí se ocupa especialmente del hijo de la familia, un chico enfermizo que escucha con devoción las nostálgicas historias que le cuenta Olga y que se convierte a su vez en narrador de esta segunda parte. Este chico, tiempo después, tras el fallecimiento de Olga, decide indagar en su pasado y descubre las sentidas cartas que dirigió esta a Herbert a lo largo de los años. La transcripción de estas cartas es lo que forma la tercera parte de la novela, descubriendo algunos secretos y sorpresas y logrando momentos de honda emoción, y alguno de gallina de piel.
“…fotografías en blanco y negro en las que todo tiene un aspecto sombrío: la nieve y el cielo grises, hombres y perros como espectros oscuros, paisajes inhóspitos, abruptos, confusos.”
«Sin exigencias, sin esperanzas y, a ser posible, sin palabras.»
Anagrama. Un 8.2
Sentimientos y seres humanos
Viernes, 13 de marzo, 2020
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