Me ha resultado inevitable pensar en «La naranja mecánica» durante las primeras páginas de este libro: sus desalmados protagonistas utilizan una llamativa jerga muy del estilo y me provocan el mismo tipo de indignación y rabia con sus desmanes. Una impresión que va en aumento; a lo largo de su extenso metraje, «Revancha» se consolida como un mecanismo literario musculoso y trepidante -hipervitaminado y supermineralizado-, una pesadilla violenta y brutal tan adictiva como malrollera.
Se estructura en torno a los relatos de los dos protagonistas -Amador, un dirigente ultra en perpetua contradicción por la cuestión, seguramente no tan insólita, de ser nazi y gay, y Cesar, un ex-jugador de rugby que trabaja para una especie de organización justiciera-, relatos que se alternan hasta acabar colisionando, dejándote sin aliento al final de cada capítulo e incapaz de dejar de leer. De hecho, más que leerlo lo he devorado.
A pesar de su acción y ritmo incesante, y tal como ya hacía en «Antes del huracán», el autor pone el acento en describir las circunstancias de los personajes, casi siempre tremendas, y de seguir el curso de sus pensamientos, rebuscando entre sus traumas y sus taras las causas que puedan hacer comprender sus sociopatías. A diferencia de aquella otra, en esta novela no hay apenas humor, muy poco amor -quizás algún atisbo de afectividad primaria- y sí mucha mala hostia.
El estilo es también agresivo e intenso; no da tregua, aunque también es minucioso y exhaustivo. Aprovecha a tope la fuerza bruta de la estética skinhead y de la imaginería fascista en sus descripciones («Bomber a punto de explotar, clepsa afeitada, una sonrisa como la hoja de una hoz»), elabora imágenes impactantes y tremebundas («tu polla, deshinchada sobre el colchón, parece un pitufo muerto«) y se despacha a gusto con sentencias tajantes y provocativas, con diferentes grados de acierto: «Ese es el mundo en que vivimos, por desgracia. Zarandeados como muñecos en manos de los sabios de Sión»; «no todos los que tienen pitbulls son culpables, pero todos los culpables tienen pitbulls”; «las mejores mentiras son las que incorporan parte de verdad».
Trabaja también mucho la ambientación: los olores («olían a cigarrillos fríos»), la cualidad del aire, los sonidos («con un golpe sordo y húmedo”), los sabores («brotó la sangre, la lamiste, sabía a farola») brindan una experiencia muy sensorial.
Como en otras de sus novelas, la provincia de Barcelona tiene un gran protagonismo, de modo especial, la periferia de la ciudad, el Baix Llobregat y el Garraf, de los que muestra su reverso oscuro. Deja poco espacio, aunque alguno, para la nostalgia: «El bar estaba al lado del mercado, se llamaba Communiqué. Tenía un sótano muy estrecho, de techo muy bajo, solo se podía acceder a él por una escalera angosta de cemento». ¡Qué recuerdos!
Me gusta lo que hace Kiko Amat, cada vez más. No se conforma, se esfuerza, se moja. Quizá llega en algunos momentos a resultar agotador por su exceso de detalles, hay pasajes a los que creo que beneficiaría un mayor sintetismo.
Otras frases chulas:
«incapaz de desconectar el pensamiento de los músculos del habla»
«La canción termina, te incorporas, notas la sacudida de la lucidez, como si algo hubiese impactado contra ti: qué coño estás haciendo, nen. Acábate el cubata y lárgate de aquí lo antes posible»
«Va cruzando túneles iluminados, el rumor de los motores rebota en las paredes»
Anagrama. Un 8.4.
Thriller skinhead
La Floresta, miércoles 28 de febrero, 2021
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