Curioso que alguien haya dedicado tanto tiempo y dedicación a construir esta monumental novela gráfica con unos ingredientes tan nimios, intimistas, deprimentes, más propios, a priori, de una novela psicológica que de un cómic.
Tiene un desarrollo muy lento y detallado con el que va construyendo una ambientación espectral y desangelada, a base de viñetas muy paisajísticas con una progresión repetitiva y minimalista, que dan protagonismo a los lugares, a los espacios fantasmagóricos que transitan sus pocos personajes, estableciendo claros paralelismo entre ambos, lugares y personas.
Los hermanos Abe y Simon Matchcard llevan toda su vida viviendo y trabajado en la vivienda-oficina de Ventiladores Clyde, negocio antaño boyante, pero que tras una prolongada decadencia se ve obligado a cerrar.
A pesar de esos buenos tiempos pasados, Abe, quien en el primer capítulo nos describe profusa e irónicamente las máximas del oficio del buen comercial («El arte de vender es el arte de cerrar una venta»), no es capaz de adaptarse a los cambios (empieza la época del aire acondicionado), le faltan el empuje y la intuición, y no consigue evitar la deriva irreversible de la empresa. Nos confiesa además, su falta de vocación para las ventas, lo que lo ha llevado a vivir siempre en una cierta impostura («¿Qué fue lo que me impidió convertirme en un buen comercial? Muy fácil: la gente no me gustaba lo suficiente»). Peor aún su abúlico e impenetrable hermano Simon, coleccionista excéntrico de postales vintage sobre aberraciones de la naturaleza (frutas, hortalizas y peces gigantes) quien, tras un frustrante primer y último viaje de comercio que acaba en extravío místico, decide no ser apto para enfrentarse al mundo exterior y se autorecluye en la vieja casa familiar, al cuidado de su madre senil al principio, y de sí mismo y sus manías después. Abe asiste impotente al deterioro social y personal de Simon, intuyendo en su funesta trayectoria su propio destino.
No pasa mucho más: largos párrafos profundos, oscuros y poéticos, paseos errabundos por deprimidas zonas industriales, obsoletas zonas comerciales y parajes desoladores de la América rural (en realidad Canadá), y ensoñaciones sobre pequeños y luminosos detalles y momentos de un pasado que tampoco parece mucho mejor («Que poder tienen los nombres (…) ahora, di el de una persona a la que ansiaras y que nunca consiguieras ¿sientes la punzada de su peso? No son meras palabras. No, son más bien llaves: llaves que de algún modo te devuelven a algún momento o lugar…»).
La soledad y la inadaptación son sus temas clave, y los lleva al extremo, dejando muy poco lugar a la esperanza ni a la ilusión; sin embargo, la experiencia de su lectura es toda una inmersión en ese su mundo grisazulado tan triste, tan lleno de nostalgia por lo no vivido ni entendido, de desconcierto vital, de insignificancia abrumadora y de árida introspección.
Salamandra. Un 8
Cómic depresivo
Martes, 4 de febrero, 2020


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