“Canción” Halfon, Eduardo

Por lo poco que conozco de momento del autor, ya se ve que disfruta jugando al equívoco con sus variopintas raíces culturales y familiares. En esta su última novela utiliza la excusa de haber sido invitado en calidad de escritor libanés a un congreso de literatura en Tokio para explicarnos parte de la historia de su abuelo comerciante -que sí era más o menos de origen libanés-, secuestrado durante 35 días por unos guerrilleros de difusa ideología revolucionaria cuyo líder, carnicero de oficio, respondía al curioso nombre de «Canción». Todo esto le ocurre, al abuelo, en Guatemala, donde se había establecido la familia tras emigrar de Siria y donde nació el autor. Así, va alternando en una cronología impredecible o caprichosa sus historias presentes de viajero en perpetua busca de su identidad con pintorescos pasajes y anécdotas coloristas del añorado pasado familiar y de la historia de su país, abundante en circunstancias tremendas.

Hábil en la dosificación de los capítulos de su vida itinerante, Halfon hace pues, como ya hacía en “Monasterio”, un ejercicio de autoficción imaginativa, con ecos bolañosos (tal vez soy yo, que lo veo en todas partes) en la manera de explicar profusamente algunas cosas y otras no, en alternar observaciones inesperadas -que parecen aventurar un desvío que muere allí mismo- con otras extrañamente poéticas (“hablaba mucho y quizás exageraba mucho. Tres cosas importantes me dijo el pintor aquella noche, o tres cosas que han soportado el peso del tiempo”) y también veo esos ecos en el contexto recurrente de conferencias y congresos literarios en que se desarrolla el presente de esta novela.

Si hubiera que hacer una objeción sería que quizás es demasiado breve (aunque seguro que soporta una satisfactoria relectura); a su favor, que su prosa es pulida y cadenciosa, impregnada de una sonoridad muy elaborada, a base de discretas aliteraciones (“En la piel de mi abuelo quedo su kimono”) y enumeraciones de lugares y alimentos de nombres resonantes, cercana, sensual, poética, evocadora, rica en matices, en humor fino, multicultural y cosmopolita. Un uso del lenguaje que tras una aparente sencillez y naturalidad alberga una elección de palabras y motivos muy precisa y reflexionada.

En mi segunda incursión es su obra, confirmo que es un autor fácil de leer, entra bien, y bajo una primera capa de irreverencia, de anécdotas y divertidas historietas sarcásticas sobre cultura y religión (“un equipo de baloncesto de judíos guatemaltecos”) hay todo un mundo literario fecundo, próximo e inspirador.

“toda casa para alguien es un palacio”

“corbata de notario malogrado”

“su manera de expresarse en frases cortas, crípticas, casi poéticas”

“la sonrisa podrida de un derrotado”

“Mi papá nos volvió a gritar algo con fuerza, su tono casi bíblico, mientras nosotros dos pasábamos lo más rápido posible al lado de un indigente que gateaba”

“Iba a decirle que entendía bien el silencio de un abuelo sobreviviente, que entendía bien las marcas que ellos luego llevan en la piel durante el resto de su vida. Pero sólo me terminé el café en aquel espacio cómodo, grato, casi familiar”.

Asteroide. Un 8.4.

Crónica familiar

Sant Cugat, 15 de abril, 2021

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