“Cómo ser famosa” Moran, Caitlin

Veo que me voy a divertir con las gamberradas de esta tipa deslenguada, y así ha sido, al menos hasta sus decepcionantes compases finales, en los que, por desgracia, pierde fuelle y credibilidad.

Dolly llega de provincias a Londres con diecinueve años y comienza a trabajar para la prensa musical, donde se desenvuelve con desparpajo ascendiendo en su oficio y alternando con sus efervescentes amigos artistas. Son los 90, en plena eclosión del brit-pop. La lista de bandas que pasan por sus páginas arrancan más de un escalofrío de nostalgia: además de los más recurrentes Pixies, Oasis o Smiths, también encontramos a Elastica , Echobelly, Afghan Whigs o Carter USM! Todo parece ir bien para Dolly, hasta su desafortunado asunto con Jerry, un cómico famoso, cuyo comportamiento abusivo desencadena una serie de situaciones entre lo lamentable y lo glorioso que amenazan con hacerla famosa de un modo que no es el que buscaba.

Partiendo de una escritura desenvuelta y a menudo brillante, su mejor baza es la mordacidad insolente y subversiva en el enfoque de la industria musical, desde un envidiable entusiasmo juvenil (“Cuando hablaban del sello discográfico de Zee, los chicos de DOME parecían odiosos aristócratas horrorizados de que un conocido suyo los hubiera traicionado y se hubiese puesto a trabajar”; “Todo el mundo puede cantar “Fight the power”. ¡Eso es ser pop!”) y una visión desenfadada del activismo feminista (“Así que formo parte de la banda, pero no del todo. Es algo que a la chicas nos pasa a menudo”; o su defensa de la groupies) que se va volviendo más beligerante a medida que va encajando reveses (“Hay un ambiente muy machirulo y farlopero”)

La mala leche que gasta y el nivel de sarcasmo irreverente hacen parecer a «Daisy Jones» una fábula de fuentes, acercándose más a la causticidad nihilista y alucinada de Bangs: estilo dinámico y vigoroso, humor ácido, diálogos –y acotaciones- ingeniosos y atropellados (“¿por qué te gusta tanto bailar? ¡PROFUNDICEMOS EN EL TEMA!), imágenes divertidas (“Julia tiene el aire cansado y paciente de un cuidador de zoo”; “Unas gafas que le daban un aire de alguien que lo desaprueba todo automáticamente”) y, de vez en cuando, observaciones profundas y poéticas (“Era uno de esos días cálidos de otoño en los que el rugido dorado de los árboles te hace sentir que el sol de tu planeta está muriendo con aplomo. Se retira con todo su esplendor, como una vieja gloria del teatro”; “Tratando de contar la verdad y, al mismo tiempo, disfrazando de arte los murmullos de su corazón”)

Moran se luce en un montón de situaciones hilarantes, como las visitas de su padre fumeta (esto del padre impresentable casi daría para todo un subgénero); sin embargo, la parte divertida va siendo barrida hacia el final por una inesperada seriedad y por la improbable historia de amor, que no cuela. Hubiese sido mejor que John Kite fuera un personaje imaginario, que es lo que parece: no sé cómo se atreve sino la autora a esa inexplicable progresión de halagos hacia ella misma que desentonan en el endulcorado final, rompiendo totalmente con el autosarcasmo despiadado que conquista al principio.

“cuando te haces famoso detienes tu desarrollo”

“Ellas no oyen a los Beatles: el grupo toca y suena por los altavoces, distante y diminuto”.

“El resto de las personas que conozco (…) exhibimos todo el bufé de nuestra personalidad sin reparos”

«Qué bien que no tomes cocaína (…) Es uno de los productos menos éticos del planeta”

Anagrama, un 7.8.

Tragicomedia musical.

La Floresta, 5 de enero, 2020

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